Un hogar para los que aman cuba

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Odio a Paulo Coelho. Su forma tan derrotista de decirnos que; no importa lo que hagamos, el universo siempre conspira para atorar nuestros objetivos. A lo mejor, la frase ni es suya, se lo extirpó a alguien corroído por las polillas.

Como quiera, desafié a Paulo Coelho e hice camino al encuentro de blogueros en Holguín; con un dedo lleno de humor, cristales dentro, y con mi mamá accidentada en el pie, un día antes de la partida.

Pero las vicisitudes no acababan ahí. La guagua; con manía de tren lechero paraba en todos puestos de camino, excluidos las paradas oficiales, agréguenle los asientos estilo dominó, con el espacio reducido, y el aire acondicionado a todo dar. Las personas quejándose; nada especial.

Detrás de mi asiento se sentó un guajiro de sombrero negro llamado Pastor, del municipio Perico. Hubo pasado todo el camino, contando a un conocido su vida, hasta la curiosa historia de que había casado a su hija a los 18 años, bajo la demanda que la pareja permanecía junta desde los 13.

“Yo me gradué de médico veterinario en la época buena de verdad cuando en la Habana con 20 pesos, te alcanzaba el mes para comer y viajar. Tuve a mi cargo 5 mil cabezas de res en el servicio social, pero luego llegó la jodienda del Periodo Especial y adiós a las vacas gordas, “comentaba Pastor.

Luego de tanta charla, al guajiro se le agotaban los temas de conversación, entonces la emprendió con el padre, un viejo de 80 años que no quiere salir de Vertientes y que no tiene a nadie de la familia allá, excepto una vecina a quien considera su hija. “pero ella no lleva su sangre, eso él no lo entiende.”

Pastor se bajó a medianoche en la parada del Oncológico de Camagüey, con las nubes rojas anunciando agua.”

Hubo silencio, sueño, llovizna. En la recta final un accidente, luego de pasar las tunas llegando a Buenaventura. Una Yutong con el letrero de Ómnibus Nacionales parada en medio del camino, debajo un carro.

Los choferes reciben la señal de auxilio, quizás hay heridos. La demanda fue para un occiso, ante la ausencia de una ambulancia. Lo pusieron en la entrada del pasillo.

El ambiente se enrarecía con el olor a flores muertas, a la yerba del monte recién cortada. Y las personas de la fila de adelante, se movían para el fondo. A mitad de camino lo movieron para el maletero.

No fue causa de risa ni tristeza, pero más que nunca me acordaba de Paulo Coelho con eso del universo beligerante. Extraña manera de probarlo.

A las 2 y media de la madrugada llegué a la ciudad de Holguín, el mismo día que 5 años atrás, había partido. Solo pensaba en ver a mis imprescindibles: los hacedores de nuevas historias.

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