Un hogar para los que aman cuba

Tia MartaTía tiene 94 años, pero ella dice que 95, y nadie se lo puede negar. Conserva una memoria para las cosas y casos peculiares de su familia: un rostro intermitente, una voz alejada 90 millas, la blusa que hace diez años una buena amiga le regaló, una avellana que mi mamá le trajo en su cumpleaños 80.
Tía sigue siendo la misma luz de muchas generaciones. En su cumpleaños no faltaron las flores, aunque marchitas y sofocadas por la marcha del portador, el tango de una pareja de vecinos que modestamente dicen que no saben cantar, o la repentina visita de su nieta postiza que vino de la Habana, sin haber comido desde el día anterior.
“Quien dijo que llegar a vieja no es bueno”, dice tía Marta con una sonrisa, y sentada en su trono del sillón, no deja de observar el panorama.
“Hoy recibió la llamada de uno de mis nietos, y puedes creer que le conoció la voz de primera”, comenta su hija a quien no le gustan las fotos, pero sabe que tarde o temprano vendrán las imágenes del cumpleaños con o sin su rostro. ¿Quién ha visto un onomástico sin recuerdos en papel?
A decir verdad, que mejor recuerdo que saberla ahí, sentada en su sillón contando sus venturas y desventuras, aunque pequeña aun y aun mas, observar su paso lento pero seguro.
La tía Marta es así desde que tengo uso de mi memoria, que de por sí, no llega a mitad de la de ella.

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