Un hogar para los que aman cuba

Otro recuerdo

No había cómo escapar del olor de las naranjas a la salida de la escuela. Amarillas , verdes, veteadas, colores que te incitaban a saciar el paladar agridulce.

Antes encontrabas la paladar de Diego; en poco tiempo supo los nombres de los estudiantes de la Facultad que le compraban sus dulces y los que no; también. Diego fue más que un simple vendedor, se convirtió en amigo.

Y  mientras hablabas con él, esperabas a que el aparatico de pelar las naranjas comenzara el funcionamiento.! Chao  Diego , hasta mañana! y enfilabas a la otra esquina.

“Para ustedes es oferta especial , 20 centavos las naranjas” Y un brillo en los ojos aparecía. La misma luz que poseían las madres ; adolescentes en campos llenos de cítricos.

Pero comerse una o dos , escabullidos de los profesores se consideraba un crimen.

Hileras , tras hileras , con el rocío pegada a las cabezas y  las naranjas ahí esperando a ser recogidas.

Luego , si la suerte te acompañaba, esas mismas naranjas podías comerlas bajo la tutela de la abuela, que te las pelaba una a una con un paño sobre los muslos. ” Mija , si aprendes a pelar la cáscara de las naranjas enteramente , sabrás el nombre del amor de tu vida.”, decía.

A veces una jota de Juan , otras una S de Samuel, y resulta que terminaste con un Pedro; las naranjas se equivocaban.

Un encuentro casual a la sombra del azahar , el recuerdo de las naranjas que ahora rondan el pensamiento.

 

 

 

 

 

 

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