Un hogar para los que aman cuba

La gloria de los antepasados del África se respira en el amplio salón abierto del Castillo de San Severino situado en la costa nordeste de la bahía matancera. A esta hora de la mañana, las aguas permanecen tranquilas, pero el canto y la danza son un componente mágico para que la bahía sea la necesaria confidente del culto a Yemaya, Eleggua, Olofi, dioses de la santería.

A lo lejos se oyen los tambores furiosos y melodías de una voz que tiene eco: Nanannananannananan Nosotros los matanceros cuando cantamos , cantamos con ritmo alegre y buen compás , nosotros los matanceros cuando cantamos , cantamos con ritmo alegre y buen compás y todo el que nos escucha se pone alegre y viene con nuestro ritmo a guarachar, habla. .

El auditorio escucha  la voz de Francisco Osorio, director del Grupo Afrocuba, y algunos hasta tiran sus pasillos como si le viniera “el santo”. Mientras, los cuerpos de los bailarines se doblan suavemente con sus vestimentas coloridas, verdes, amarillas, rojas y blancas; los batones y los pañuelos.

Las mujeres con sus trapos en la cabeza y sus vestidos vaporosos ondean con movimientos sensuales al puro estilo de hijas de Ochún, y los hombres fuertes se abalanzan y libran los caminos guiados por Eleggua. En una danza eterna los tambores se unen al ritmo de las melodías de las voces.

En esta cita del castillo de San Severino, se rinde homenaje a los afro descendientes en su año, declarado por la UNESCO. Junto a la actuación del grupo sincrético que cumple ya 54 años de fundado, se devela una muestra dedicada a la misión cultural que hicieran en diciembre de 1987 cuando cubanos libraban las batallas en contra del Apartheid en Angola y se le escogiera para animar culturalmente la estancia de los combatientes en tierras lejanas.

Ocasión propicia para encontrarse con sus antepasados en tierra original y hasta, como cosa común, hablar en términos de la lengua bantú. El director de AfroCuba contó ante los presentes, entre ellos estudiantes del contingente negro, sus impresiones sobre la misión cultural.

Minini recuerda con nostalgia cuando visitó la tumba de los tres últimos reyes que tuvo Namibia o cuando ante 15 a 20 mil asistentes, debajo de tierra, coreaba Salamalecu y el público le respondía o cuando brindó en una tribu con maní, yuca y obbi como forma de festejar entre hermanos.

Pues sí, desde la bahía de Matanzas en el Castillo de San Severino, todo se ve distinto, se nota que un manto protector se cierne sobre el lugar de la Ruta del Esclavo en la Ciudad de los puentes. Son esos reyes y dioses afrocubanos que te abren los caminos.

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